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De Quimeras y Ensoñaciones

Conjura en el harén

Conjura en el harén En el sosiego de la trastienda la traición revoloteaba juvenilmente sobre un futuro incierto, ilusiones pequeñas anidaban en almas egoístas e inconformistas, amor y odio, conjuras de mujeres, ojos ciegos de un Rey que no ve, que manda y ordena y ellas acatan y le hacen gozar en noches fingidas de quejidos bajo sábanas blancas y pieles húmedas, cálidas y sudorosas, jóvenes conformistas que toleran su status de concubinas reales, sin una protesta, en un país incivilizado, del pasado histórico, de un tiempo inmemorable, dictatorial, en un reino patriarcal de faraones casi dioses a los ojos de súbditos empobrecidos y masacrados al látigo de la obediencia, constructores de tumbas reales. Historias de tragedias desgarradoras.

El agua retrocedía en las orillas del Nilo, la esposa acariciaba los cabellos del niño, del hijo, del infante, le mecía en sus brazos, le besaba su piel suave, le protegía de las amenazas torpes y gratuitas del faraón que le habían hecho llorar una vez más, y se había refugiado en brazos maternos. La conjura se gestaba, apenas un embrión, el del odio, fortalecido por la relación de lejanía, no había un líder, no había un guía, era no más que un Rey curioso que charlaba sin decir nada, que gobernaba a golpes de caprichos, que había heredado su posición, una autoridad sin mando, un bastón hecho de papiro, y una mujer con manos fuertes, carismática, con antecedentes, cabeza visible de su harén, con don de poder, genio, la cúspide de la pirámide, el eslabón más hercúleo de la jerarquía de aquel grupo de mujeres, encerradas más que en una prisión, en si mismas. Rey blando. Esposa fría y calculadora. Concubinas calientes, sumisas, dóciles y manejables.

El antiguo Egipcio, próspero, rico, se empobrecía con cada crecida del Nilo, con cada sepulcro relleno de sudarios de plata y oro, con cada sacrificio divino.

La nueva concubina era joven, alta, deseable, virginal, envidiada, de negros ojos rasgados, voluminosos pechos y amplias caderas envueltas en gasas sedosas, vaporosas, fue entregada a cambio de una deuda vencida de un capataz constructor de pirámides, el premio de la libertad para un padre, y el orgullo de ser cohorte real en el harén del faraón.
Celos.
Nadie es más hermosa que la primera esposa, nadie. Segundo vaso lleno que acrecienta el rencor, el odio se apodera de los corazones que traman venganza, reclaman justicia, imploran maleficios y conjuran maquiavélicos planes contra el poder reinante, un Rey que ha perdido el rumbo, se ha dejado engatusar por los bajos instintos de la carne y anda subyugado y embrujado por las bajas pasiones, efímeras y transgresoras.
Nada es ajeno a las arenas del desierto, más allá del fértil valle del Nilo.

La balanza pesa en un platillo una pluma liviana, en el otro, un corazón arrancado a un Rey por la misma mano asesina que lo ha matado, es el juicio, si el peso del corazón lo arrastra hacia el suelo, el Rey no entrará en el templo, si la balanza se equilibra, - si la pluma es tan pesada como aquella entraña-, el faraón será idolatrado Dios.


        

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